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Mate la vaquita y descubra su potencial

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Mate la vaquita y descubra su potencial

Mate la vaquita

Existe en motivación una reconocida historia, sobre las lecciones que un maestro en sabiduría daba a su discípulo, mientras recorrían un poblado de gente muy pobre.

En una de las casas que visitaron, encontraron una familia que aparentemente, se veía muy mal, pero humildemente, les atendieron bien la visita. Mientras la señora atendía al discípulo en el patio de la vivienda, el señor, le dedicó todo el tiempo al maestro, mostrándole toda su casa y contándole sus necesidades.

Una vez terminada la visita el maestro preguntó: ¿Ustedes de qué viven? El señor humildemente respondió: Maestro, nosotros vivimos de la vaca. ¿De cual vaca? Preguntó el maestro. Tenemos desde hace años una vaquita. Contestó el hombre y prosiguió: La vaquita es nuestro único sustento, gracias a ella hemos podido sobrevivir, diariamente recogemos algunas botellitas de leche, vendemos unas pocas y las otras las dejamos para hacer quesitos y mantequilla y con esto hemos vivido por años.

El maestro se quedó en silencio, pensando, se despidió amablemente de la familia y salieron de la humilde vivienda. Acto seguido le dijo al discípulo: Vamos a buscar la vaca, que debe estar cerca. Coincidencialmente la vaca estaba en la orilla de un precipicio, cuando el maestro la vio, le dijo al discípulo: ¡vaya empuje la vaca hacia el precipicio! El discípulo aterrado decía: ¿Maestro, pero ¿cómo vamos a matar la vaca? El maestro, sereno y tranquilo, respondió: ¡Vaya empuje la vaca hacia el precipicio! El discípulo, afanosamente trataba de persuadirlo diciéndole: ¿Maestro, pero pobre gente, no ve que ellos viven de la vaca y es lo único que tienen? Nuevamente el maestro repetía: ¡Vaya empuje la vaca!, ¿no me entendió? El discípulo, sin más preguntas se dirigió al animal y lo empujó, de tal forma que rodó por el precipicio.

Posteriormente, el discípulo, corrió a donde su maestro, y prosiguieron el camino a casa. El maestro, como siempre, no hablaba, pero su rostro era el reflejo de su paz y tranquilidad. El discípulo entre tanto era todo lo contrario, en su rostro reflejaba la preocupación por lo acontecido, no sabía qué pensar, se sentía mal, pensaba en lo que haría esa pobre gente para vivir y estaba angustiado.

Pasaron cuatro años, el maestro nunca volvió a comentar sobre el tema. El discípulo, al contrario, nunca pudo dormir tranquilo, sufría de pena moral, no dormía bien, no se sentía en paz consigo mismo.

Un día sin avisar al maestro, tomó la decisión: ¡Para recuperar mi tranquilidad, voy a visitar a esa gente y les voy a decir, que yo fui quién mató la vaca, asumo cualquier consecuencia, pero lo prefiero así, ¡a continuar con este remordimiento que no me deja estar en paz!

El hombre solitario, empezó a recorrer el camino, pensaba y repensaba explicaciones para esa pobre gente, pero sentía tranquilidad de conciencia al asumir su responsabilidad en lo acontecido.

Al atardecer, llegó a la montaña de la cual se divisaba el ranchito, y cuál sería su sorpresa, cuando en vez de un rancho viejo y caído, encontró una mansión. Él veía una casa hermosa, propia de un magnate, la carretera pavimentada, un señor uniformado en la puerta, dos Mercedes Benz nuevos parqueados en los garajes… El discípulo, no podía creer lo que sus ojos veían.

Lo primero que pensó fue: ¿Sería que los de la vaca, le vendieron el terreno a algún rico? Se acercó y preguntó al hombre del uniforme que cuidaba la puerta: Perdón Señor, es que estoy buscando a una familia que vivía aquí hace cuatro años, ¿sabe si se cambiaron? El portero respondió: Yo llevo aquí dos años, pero sé que los dueños llevan viviendo acá como veinte años. El discípulo pensó: no puede ser, son los mismos de la vaca. ¿Puedo seguir a verlos? Yo vine a visitarlos hace cuatro años y me gustaría saludarlos. ¡Claro, siga y los saluda! Contestó el portero, abriéndole la puerta principal. Va entrando el discípulo a esa mansión, absolutamente sorprendido por las lámparas, el piso de mármol, los cuadros y en ese momento siente que baja la escalera, la familia completa. El señor, dueño de la vaca en su momento, la esposa y los dos hijos, obviamente mucho más grandes y transformados.

¿Usted no fue el que vino con un maestro por los días en que se nos mató la vaca? Preguntó el dueño de casa. El discípulo contesta asustado: ¿Se acuerdan de mí? Y dice el señor: Claro que sí. Por aquellos días en que ustedes vinieron, a nosotros se nos mató la vaquita que teníamos y de la que vivíamos, se rodó por el precipicio. ¿Y que hicieron? Preguntó el discípulo. Al principio fue muy difícil, porque no sabía que hacer, luego, me acordé que yo cuando estaba pequeño pintaba y lo hacía bien, de hecho cuando ustedes vinieron con el maestro, mientras usted hablaba con mi esposa, yo le mostré algunos cuadros que realicé en el colegio. Gracias a que se mató la vaca, no tuve otra elección que volver a pintar. Hoy, gracias a Dios, me va muy bien, soy un pintor famoso, mis obras se venden a nivel mundial, he visitado con mi familia los lugares más importantes del mundo, cada día me especializo más y todo gracias a que se mató la vaca…

¿No será que usted se acostumbró a vivir de la misma vaquita, diez, quince, veinte años o más, desperdiciando todo su potencial por andar tratando de sobrevivir?

Tomado del libro Actitud Positiva de Duque Linares